Hoy es un día como los demás, si no fuera porque cumplo quince años. Recuerdo con nostalgia los cumpleaños en que mis seres queridos se reunían en torno a mí, esperando con entusiasmo a que soplara las velas. Al pasar los años, de repente se suprimieron las fiestas y los regalos, dejándome un vacío que no lograba comprender.
Otro de los cambios que me a fastidiado ha sido prescindir de la ropa de abrigo en pleno invierno para demostrarme que desafiar al mal tiempo, era el primer paso para ser mayor, aunque esto me costara un gran constipado, y, con él, una cierta derrota ante esta batalla de crecer frente a la inexperiencia.
Ya no me reconocía entre gorros, bufandas y guates, con esa cara llena de granos, despuntando sobre mi frágil piel ante el espejo, y esas sombras velludas que estoy condenado a elimina de por vida. Esa cara sonrosada y suave, que hasta hace poco tiempo todo el mundo acariciaba y que yo babeaba con caramelos y golosinas. Esos dulces que una noche, mientras dormía, me hicieron despertar con un terrible dolor de muelas, con el fantasma negro de las caries que agujereaba sin piedad mis dientes, sin sospechar, en mi infantil ignorancia, que estaba acabando con la salud de mi boca y llenando los bolsillos de otro dentista mas, dando así por concluida una estapa mas de la niñez.
La sensación de sentirme arropado por mi madre era otra escena que formaba parte de mi pasado. Ahora huía de sus besos, aunque sabia que mi actitud, lejos de que ella la entendiera, le haría pensar que ya no la quería como antes. Es extraño cómo aguantamos dentro del corazón los afectos para poder dar libertad a nuestra independencia, aunque dejemos tristeza a nuestro paso.
Muchas veces, pienso en cómo serian mis padres a mi edad, si han dejado en mí alguna secuela de su adolescencia, algo que les delate en mi forma de actuar, algo que no quieres reconocer.
La imagen tiene ahora una importancia que antes no tenia: gustar a los demás, y sobre todo a las chicas que nunca pensé que me importarían en absoluto, y que han pasado, de la noche a la mañana, a ser objeto de mi atención, lo que me ha llevado, como a otros chicos de mi edad, a ese lío de la moda y las marcas para conseguir un estilo al gusto de ellas, sin pasarse para que no te traten de guaperas.
Con respecto a al comida también tengo que llevar un orden. Engullir todo lo que me apetece no es un buen sistema porque las calorías, cuando son demasiadas, se acumulan como sacos de arena formando dunas de grasa. A nadie le gusta que recorran su cuerpo con al mirada para burlarse de uno, como si los demás fueran inspectores calibrando tu peso para ver si te has excedido con los bocatas y bollos y cargarte con el mote de glotón.
Mi forma de hablar tampoco es la misma. Ahora utilizamos un lenguaje nuevo, inventado y adaptado a nuestro modo de ver las cosas, y al mismo tiempo este se modifica cuando nos enfrentamos solos al resto de la gente. Mi nuevo sonido grave adquiere responsabilidad, pienso antes de hablar las palabras que me resulten adecuadas y no me hagan retroceder dos o tres años atrás con respecto a mi edad actual porque es de una importancia relevante hablar con cierto sentido común para que te escuchen y no ser unos simples chiquillos diciendo mañacadas.
La simpatía, que siempre ha caracterizado mi comportamiento con al risa fácil e ingenua, se ha transformado en una tímida sonrisa porque me invaden la vergüenza y el miedo al ridículo. No quisiera pasarme de la raya: en estas cosas de la edad, ya naa es lo que era, ni todo se te permite. La risa puede parecer descarada o fuera de sitio, siempre habrá alguien que te juzgue donde menos te lo esperas. La sociedad ha empezado a controlarte por donde quiera que vayas, resultando peligroso para tu educación y para el honor de tu familia.
Tampoco puedo pasarme el tiempo pensando en las musarañas, las historias de cuentos y aventuras que alimentaban mis sueños, para convertirme en el héroe de alguna película o de mi libro favorito: eso ha dejado de interesarme. De lo que se trata ahora es “estudiar para convertirme en alguien de provecho”, esa frase que tanto me repiten y que debo asimilar-
La exigencia de aprender tiene poco de fantasía; dar la puntuación correcta en cada asignatura es una preocupación constante, ya que todos esperan ver reconocido el esfuerzo con notables y sobresalientes. Suspender seria defraudar a los profesores, a mis padres, y sobre todo a mi mismo.
Las notas siempre suelen ser justas, pero los nervios te traicionan cuando menos te lo esperas, dejándote la mente en blanco. La palabra examen me produce una reacción involuntaria que me obliga a morderme las uñas de los dedos. Es una consecuencia que vendo sufriendo cada vez que me toca poner a prueba mi capacidad como estudiante. Luego, está el nefasto resultado que entre nosotros, los compañeros de un mismo curso, se produce al separar a los estudiantes de primera de los de segunda, y colocando en último lugar a los pasotas, los que no aspiran apuesto alguno. Esto nos crea un clima de competencia y mal entendimiento que hace peligrar nuestro compañerismo porque siempre es el listo el que se llevará los honores del profesorado, y los pasotas la llevan clara.
El recreo, sorprendentemente, nos iguala fuera de las aulas, como si de un espejismo se tratara en medio del desierto, haciéndonos olvidar por unos momentos lo que somos dentro del instituto. A los profesores ya no los vemos como tales, sino como a la gente que pasea pro al plaza sin saber quién eres. Aunque permanezcamos cercados en el patio creemos que estamos libres, hasta que suene el timbre y nos avise que volvemos a ser alumnos.
Ahora me encuentro frente a un futuro distinto, que comienza con todo por hacer, y no sé ni cómo ni hacia dónde me llevará porque no me defino por ninguna profesión que realmente me apasione, no sé cómo otros chicos de mi edad ya lo tienen decidido.
El mañana es una incógnita que me cuesta afrontar y del que necesito a veces escapar.
Aquel niño que fui se marchó con su maleta llena de sueños, siguiendo la estrella fugaz de los reyes magos, ilusiones que no pudieron ser cumplidas por culpa de l avarita mágica de la realidad. Yo sé que no volveré al país de nunca jamás.
Los amigos se han convertido en mis más íntimos confidentes, ya no son aquellos con los que jugaba hasta caer la tarde. Ahora somos más pasivos y la comunicación entre nosotros es más importante.
La música, el deporte y el móvil, son como tres pilares en los cuales nos apoyamos para evadirnos de la presión ala que estamos sometidos día a día.
Cuando llegan los fines de semana y el trabajo no se nos acumula, buscamos nuestra diversión de la manera mas sana posible, sabiendo que nos movemos en un mundo lleno de riesgo en el que es fácil engañarnos y donde todo se condiciona con la aparente publicidad.
De regreso a casa, me e dado cuenta, una vez mas, de que el reloj ha sido mi enemigo, ya que, por su culpa, son poderlo evitar, voy preocupándome por al bronca que me espera. Ser puntual cuando uno se lo está pasando bien es complicado, pues es difícil dejar los buenos momentos para aprender a ser responsable, y llegar a la hora justa que nos marca la retirada.
En definitiva, la vida sigue siendo igual, pero en cualquier parte del mundo, en cada habitación infantil, en parques, columpios y jardines, sin que nadie se dé cuenta, algún niño habrá dejado de jugar.